Una de las lecciones más reveladoras cuando aprendía a bucear fue ser capaz de compensar los oídos.
No por que no pudiera hacerlo antes.
Sino porque no sabía que podía hacerlo.
En cierta manera el buceo te ayuda a conocerte un poco más.
Y ese fue un momento clave.
Cuando era un niño había en mi barrio una piscina que su parte más profunda llegaba a los dos metros y medio aproximadamente.
Me gustaba el reto de llegar al fondo y poder quedarme allí un rato, y observar a mi alrededor.
Así que me ponía mis gafas de piscina, cogía aire y me sumergía hasta tocar el fondo.
El problema es que mis pulmones estaban llenos de aire que me empujaba de nuevo hasta la superficie.
Me costaba mucho llegar abajo. Un poco como intentar bajas por escaleras mecánicas que suben
En ese espacio de tiempo de poco segundos batallando para bajar y quedarme en el fondo, y después de asomar la cabeza del agua, habían ocurrido tres cosas:
Tenía los oídos como si me hubieran metido un mondadientes.
Sentía los ojos hinchados y pegados a las gafas. Me habían hecho el vacío.
Y finalmente con los pulmones tan llenos de aire era muy difícil mantenerme sumergido.
Es muy posible que te suene esta situación, al fin y al cabo también eres un buceador que ha tenido infancia
Personalmente recuerdo esos tiempos con mucho cariño, pero como algo poco práctico para el fin que perseguía.
Es como cuando el pez payaso intenta proteger la anémona mordiéndote la frente cuando te acercas mucho.
Un mordisco que no llega a la categoría de mordisquito leve.
Causa ternura.
Pues ese era yo intentando tocar el fondo de la piscina. Muchas ganas pero poco resultado.
Hasta que un día me calzo unas aletas, una máscara con la nariz tapada y un cinturón de plomos.
Y sobretodo cuando mi instructor me dice.
-A medida que vayas bajando, tápate las fosas nasales e intenta soplar por ellas. Notarás que la molestia desaparece.Lo tienes que hacer siempre que desciendas. Muy frecuentemente.-
Ahora puedo estar debajo del agua sin poner en riesgo mi vida ni mis oídos.
Pero ese niño siempre aparece cuando tengo apenas un dedo de agua sobre mi cabeza.
A esa edad nunca me planteé si existía o no la libertad, simplemente lo era.
Ahora que soy adulto vuelvo a ser libre cuando buceo y saco de nuevo a ese niño que intentaba bucear en la piscina.
Y este año volveremos a ser libres para seguir sintiéndonos como niños y hacerlo en cualquier lugar del mundo.
Hoy como fuente de inspiración para ello te traigo un mapa con el podrás fantasear tanto como quieras con tu próximo destino
Isaac