Una vez me eché una siesta a 10 metros de profundidad.

 

40 minutos de paz.

 

Cuando estaba haciendo el curso de divemaster, en muchas ocasiones teníamos carta blanca para experimentar.

 

Y cuando estás en ciertos lugares a veces se puede llevar un poco al límite.

 

No es de todas maneras el caso que te voy a contar.

 

Un día de esos tontos que salíamos a bucear y no teníamos ninguna tarea asignada, solo ayudar a la gente a saltar al agua y subir al barco de nuevo, decidimos hacer algo diferente.

 

Era de esos días en que el punto de buceo venía directamente desde una playa y gran parte del mismo era fondo de arena que poco a poco descendía haciéndose más profunda.

 

Me gustan los fondos de arena, me dan mucha paz.

 

Así que le dije a mi compañero:

 

-Tío, ¿te hace una siesta?

 

-¿Ahora? ¿En el barco?

 

-No coño, allá abajo. Nos sentamos a diez metros unos 40 minutos a contemplar el azul. Solo eso.

 

Así que dicho y hecho, cuando todo el mundo estuvo ya en el agua saltamos nosotros.

 

Conocíamos a la perfección el lugar, así que no hizo falta planear nada.

 

Sabíamos muy bien dónde íbamos.

 

Llegamos a los diez metros, nos dimos el OK y nos sentamos en la arena.

 

He dicho que echamos una siesta, pero no fue exactamente así, no nos dormimos, hubiera sido un tanto peligroso.

 

Pero si que vaciamos la mente mientras solo oíamos nuestra respiración.

 

En esos cuarenta minutos el tiempo pasó muy diferente.

 

De hecho fue como si no pasara.

 

Lo único que nos mantenía en la realidad era el ordenador de buceo. Era el único contacto con lo racional.

 

Pasados minutos y exactamente a la vez nos miramos y señalamos la superficie.

 

Llegamos los primeros al barco y ayudamos a subir al resto de buceadores.

 

Nada más reseñar de la inmersión.

 

Y sin duda, una de las inmersiones más memorables de mi vida.

 

Sin movimiento.

 

Sin peces.

 

Solo arena y azul.

 

Pero no la voy a olvidar nunca.

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